
NUESTROS HIJOS NO SON UN PUNTAJE
NUESTROS HIJOS NO SON UN PUNTAJE Quizás el problema no sea solamente que nuestros hijos estén rindiendo poco. Quizás el problema sea que los estamos
Quizás el problema no sea solamente que nuestros hijos estén rindiendo poco. Quizás el problema sea que los estamos educando para rendir. Los resultados de PISA 2025 son suficientemente preocupantes como para tomarlos en serio: Chile obtuvo 403 puntos en Matemática, 436 en Lectura y 442 en Ciencias, por debajo de los promedios OCDE de 463, 461 y 482. En Matemática, solo el 41% de nuestros estudiantes de 15 años alcanza siquiera el nivel básico; en Lectura lo consigue el 62%. Matemática y Lectura retrocedieron nuevamente respecto de 2022 y la proporción de alumnos con desempeño insuficiente en ambas áreas ha aumentado diez puntos porcentuales desde 2015. Son cifras duras. Pero antes de buscar culpables, quizá convenga preguntarnos algo bastante más incómodo: ¿qué entendemos realmente por educar? (oecd.org)
Porque esto no está ocurriendo solo en Chile. Entre 2015 y 2025, el promedio OCDE cayó 22 puntos en Matemática y 28 en Lectura. También ha aumentado el número de estudiantes que leen rápido, responden rápido y se equivocan más. La OCDE observa menor persistencia frente a textos o problemas difíciles. Y entonces aparece inevitablemente la pantalla. En Chile, el 48% de los estudiantes dice que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de Ciencias, frente al 28% de la OCDE. Sería simplista culpar al celular de todo; la propia evidencia no permite hacerlo. Pero la pantalla sí parece retratar bastante bien nuestro tiempo: rapidez, interrupción permanente, estímulo tras estímulo, dificultad para esperar. Y hay algo casi cómico, si no fuera tan serio, en que los adultos reclamemos que nuestros hijos no prestan atención mientras miramos el teléfono cuando ellos nos están hablando. (oecd.org) (oecd.org)
Hace casi cuarenta años Los Prisioneros escribieron una frase que todavía incomoda: “jueguen a estudiar”. El baile de los que sobran no desprecia la educación; denuncia una promesa: estudia, obedece, esfuérzate y encontrarás tu lugar. Nosotros quizá hemos modernizado esa misma promesa. Decimos a nuestros hijos que todas las personas tienen igual dignidad, pero buena parte de su infancia transcurre entre comparaciones: qué nota obtuvo, qué colegio es mejor, qué puntaje consiguió, en qué universidad quedó, qué carrera “conviene”. Todo nace muchas veces del amor y del deseo legítimo de protegerlos. Pero incluso el amor puede equivocarse cuando lo gobierna el miedo. Y así podemos terminar transmitiendo, sin decirlo expresamente, una pedagogía terrible: estudia para que tú nunca seas uno de los que sobran. Progresa para no quedar abajo. Triunfa para alejarte de aquellos que no pudieron hacerlo.
Aquí el humanismo cristiano no es un adorno bonito para cerrar la reflexión. Es una objeción radical. El cristianismo sostiene que la dignidad de una persona existe antes de sus notas, sus capacidades, su productividad o su éxito. Dignitas infinita lo expresa con claridad: esa dignidad pertenece a cada ser humano “más allá de toda circunstancia”. (vatican.va) Un siete puede mostrar que nuestro hijo aprendió algo, pero no lo hace más valioso. Un cuatro puede mostrarnos que necesita ayuda, pero no le quita un gramo de dignidad. Entrar a una buena universidad puede abrir puertas, pero no convierte a nadie en mejor persona. Y quizá debamos admitir algo que duele un poco: nuestros hijos posiblemente olvidarán muchas de nuestras recomendaciones, pero difícilmente olvidarán qué tenían que conseguir para sentir que estábamos orgullosos de ellos.
Por eso es tan extraordinaria aquella escena del Evangelio de Lucas. Un hombre instruido pregunta a Jesús y Jesús no se apresura a darle una respuesta. Le pregunta: “¿Cómo lees?”. Después cuenta la historia del hombre abandonado al borde del camino. Pasan dos personas religiosas, formadas, conocedoras de la Ley. Lo ven y siguen de largo. Finalmente se detiene el samaritano, precisamente aquel a quien muchos habrían mirado con sospecha. Jesús cambia silenciosamente la pregunta educativa: ya no basta saber qué dice el libro; hay que aprender a leer la vida. El sacerdote y el levita sabían mucho. Lo que no habían aprendido era a detenerse. Y tal vez ahí se encuentran el Evangelio y nuestra crisis educativa: para comprender una página difícil necesito atención; para reconocer a una persona herida, también.
La atención, desde esta mirada, no es solamente una habilidad escolar. Es una forma de amor. Atender significa decirle a algo o a alguien: por unos minutos no soy yo el centro del mundo. Sin atención no hay lectura profunda, pero tampoco conversación profunda, amistad profunda, contemplación ni compasión. Por eso educar no puede ser simplemente entregar herramientas para competir mejor. El Concilio Vaticano II habla de formar a la persona entera y orientarla hacia una libertad responsable y hacia el bien común. (vatican.va) León XIV ha insistido recientemente en algo parecido: una persona no puede reducirse a un “perfil de competencias”. (press.vatican.va) Necesitamos que nuestros hijos aprendan Matemática, Ciencias y Lectura, y que las aprendan bien. Pero también necesitamos volver a preguntarnos para qué queremos que sepan: para pensar con libertad, para distinguir la verdad de la manipulación, para gobernar sus deseos y no ser gobernados por un algoritmo, para descubrir una vocación y para poner sus capacidades al servicio de algo mayor que ellos mismos.
Quizás, entonces, la primera conversión educativa que necesitamos no sea la de nuestros hijos, sino la nuestra. Podemos seguir preguntándoles “¿cómo te fue?”, pero acompañar esa pregunta con otras: ¿qué comprendiste?, ¿qué te sorprendió?, ¿qué te costó?, ¿cambiaste de opinión?, ¿viste a alguien solo?, ¿qué hiciste cuando alguien quedó afuera? Jesús termina aquella lección diciendo: “ve y haz tú lo mismo”. Esa podría ser también una hermosa medida de la educación. Podemos preparar obsesivamente a nuestros hijos para no pertenecer jamás a “los que sobran”, o podemos educarlos para construir una sociedad donde nadie sobre. PISA puede decirnos que nuestros hijos están leyendo peor. El Evangelio nos deja una pregunta bastante más incómoda: ¿les estamos enseñando a leer al ser humano que tienen delante?

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